La única forma de lograr que hablemos es irme de tu lado… y esperar que regreses con frases estudiadas, con calma, con ausencias y con ganas de escucharme, pero siempre que regresas no estoy preparada para hablarte de modo que me quedo callada, y apenas cierras tus oídos comienzo a tener deseos de hablarte. Ignoro si sea buena la idea esperarte mientras leo un libro de kundera. Y esa frase que sonó, como el levantamiento de una pared… un muro de defensa... por un instante alcance a escuchar las volquetas cargadas de cemento y ver los cascos de protección sobre las cabezas: “no sé, arréglatelas como puedas”, y luego cuando pasaba el espasmo cerraste la puerta con un “búscate un lugar donde quepas”… En otro contexto, si, pero las frases estaban cargadas de barreras… ¿de odio tal vez? Durante años anhelé escuchar esas palabras, pero no en esta dirección. No supe si lo entendí después cuando estaba a tu lado entre las sabanas o si lo había entendido desde antes conversando con tu mail… yo sólo puedo aportar a la felicidad de la que hablas, desde mi silencio sin preguntas, sin reproches, sin llamadas y no estoy segura de querer mi silencio de la forma que a ti te llena el vacío… Salimos del hotel, caminábamos hacia el colectivo, doblamos la esquina y soltaste mi mano bruscamente, caminaste distante, hasta llegar a la siguiente esquina, donde, mi afán por liberarte de mi incomoda presencia frente a los ojos de la noche, me impulsaba a cruzar la calle. Me tomaste por el brazo con fuerza para exigirme permanecer a tu lado. Tendré más cuidado la próxima vez que pretenda cruzar la vía.